Por Juan José Rosales Gallegos

En el marco del Segundo Pleno Extraordinario del Consejo Estatal del Partido de la Revolución Democrática (PRD), celebrado el pasado 4 de julio en la capital del estado quedó claro que, en el sol azteca se requiere de tomar decisiones claras, firmes y rápidas para interrumpir y revertir el proceso de extinción en el que se encuentra inmerso. La mercadotecnia fallida, usada los meses pasados, que mostraba al astro rey dispuesto a ocupar el cénit, es ahora un frío crepúsculo.

Víctor Manríquez, dirigente estatal y diputado local electo por la vía plurinominal, no presentó un proyecto fortalecido, describió a su partido como un catalizador de lo que será una nueva fuerza electoral de la que forman parte el PAN y PRI. El PRD, “fue factor de acuerdo”, dijo; un “factor de acuerdo” en el exterior, mientras en el interior una lucha descarnada consumía las bases y destronaba liderazgos. “Caminamos juntos miles de perredistas, perredistas de corazón, no de ocasión”, fue una primera referencia que hizo el también exalcalde de Uruapan a la situación adversa que enfrentan.

Según su discurso, Manríquez tiene claro que la simulación y traiciones fueron factor fundamental de la debacle. Eso se veía venir desde hace poco más de un año pero, prefirieron callar, toleraron el engaño, lo soportaron en aras de la unidad inexistente. Es bien sabido que, desde varias dependencias de la administración estatal y desde el propio comité del PRD, se alimentaron e hicieron crecer proyectos que prosperaron en Morena. ¿Qué deben hacer ahora? ¿Volver a callar? ¿Voltear la vista a otro lado para eludir el escándalo?

“Hubo políticos conversos que abandonaron al partido y estuvieron operando en contra de nuestros candidatos, desde el momento en que no obtuvieron la posición deseada para el proceso electoral o desde tiempo antes”, señaló el todavía dirigente. Y fue más allá, “Existe el informe de que, hasta los propios candidatos (léase del PRD), operaron acuerdos con otras fuerzas políticas para lograr su interés personal ejerciendo acción en contra de compañeras y compañeros, no importando hacerlos perder su municipio”.

Víctor Manríquez no puso el ejemplo, eludió su responsabilidad y no mencionó los nombres de los supuestos traidores, de los que se fueron emberrinchados por no lograr candidaturas o de los candidatos que, en plena campaña, “operaron acuerdos con otras fuerzas políticas”. En lugar de asumir su papel, pidió a consejeras y consejeros, “denunciar aquellos actos desleales contra nuestro partido con evidencias necesarias”.

Supongamos que, las denuncias llegan, que los militantes deciden hablar y no tolerar más “a quienes a través de la simulación transitan por las filas del partido alardeando cubrirse bajo el mismo sol”. ¿Y luego? ¿Qué sigue? A pesar de que el propio Víctor Manríquez aseguró, “todos y cada uno de los aquí presentes sabemos quiénes”, seguramente no habrá consecuencias para nadie. En su momento, no hubo una decisión firme que sirviera de acicate a los traidores y, el mal ejemplo cundió entre los “perredistas de ocasión”. Ahora, el ocaso.