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Por Roberto Pantoja Arzola

En la historia reciente del país no ha habido un presidente que haya tomado como asidero la historia, tal como lo ha hecho Andrés Manuel López Obrador. Sabedor del peso de los símbolos en la política, el tabasqueño se ha abocado a tomar sus banderas para enfrentar a sus adversarios carentes de ellas.

El 18 de marzo, aniversario de la expropiación petrolera, ha servido para el presidente en su narrativa que relanza al nacionalismo, justo en una coyuntura mundial en la que la globalización está sucumbiendo frente a los movimientos que le reivindican. A esta fecha le ha sucedido el 21 de marzo, ocasión no desaprovechada por López Obrador para ir a Oaxaca y rendir tributo a quien él considera el mejor presidente de la Historia de México: Benito Juárez.

El entramado de la retórica presidencial ha servido para lanzar arengas en contra de una oposición de por sí desecha, pero hundida más que nunca en los escandalosos actos de corrupción y deshonra. La apoteosis obradorista no solo inundó el zócalo el sábado pasado, ni unicamente reverberó en Oaxaca con el recuerdo del benemérito de las Américas; también se ha anclado ya a la lucha por el 24.

En la estrategia del presidente López Obrador comienzan a moverse las fichas del tablero y sus corcholatas, avanzan o se rezagan, en función de una lógica muy vinculada a este discurso que defiende a la historia para no repetir sus errores. Si la atención se centrara en la literalidad de las palabras del presidente, Claudia y Adán Augusto estarían despuntando en la sucesión, pero las referencias poderosas a los sucesos pasados también colocan a Marcelo en la carrera y sobre todo, las decisiones, le abren un camino de cara a las boletas a un Cárdenas.

Si algo ha demostrado Andrés Manuel López Obrador es que no tiene una racionalidad lineal o predecible en su forma de hacer política, por ello es que sus adversarios desatinan sus cálculos al enfrentarle. Si bien la historia de México es una referencia, está no tiene una univoca interpretación para entender los estratagemas diseñados en palacio nacional, más aún cuando el acicate de la lucha electoral está cada vez más cerca.

El 18 y el 21 de marzo han servido para entender las apuestas presidenciales de cara al 24. Se suman consignas, se agregan banderas; pero ante todo, se retoman las calles, esas que solo la pandemia nos había arrebatado. Nuestro movimiento sigue vibrando de cara a la redefinicion de la historia de México que enfrentaremos en los próximos meses.